PAISAJE SONORO EN EL TINKU DE MACHA: UN ANÁLISIS DESDE LA HOSTILIDAD BÉLICA A LA RECIPROCIDAD SOCIAL.
Mg. Alfredo Raúl Fuster Ríos.✍️✍️
Abordar la dimensión musical del Tinku a través de la categoría de "paisaje sonoro" nos revela que la música y los sonidos rituales no actúan como meros elementos ornamentales. Por el contrario, constituyen fuerzas activas que configuran el espacio, encauzan las emociones colectivas y estructuran las distintas fases de la festividad. Este fenómeno se manifiesta con claridad en la comunidad de Macha (Chayanta, Potosí), escenario de una de las prácticas rituales más antiguas de la región andina. Celebrado en coincidencia con la Fiesta de la Cruz, el entorno acústico de este evento resulta sumamente dinámico. Desde una perspectiva antropológica, es posible rastrear cómo el espacio sonoro se transforma cíclicamente con el paso de las horas: comienza con una marcha ordenada y solemne, deviene en la caótica beligerancia del combate y culmina en la pacificación afectiva del cortejo, un proceso que revitaliza y cohesiona los lazos comunitarios.
La diferencia acústica entre el campo y la urbe. El paisaje sonoro del Tinku pone de manifiesto una clara geografía social del sonido, estructurada a partir de dos identidades instrumentales contrapuestas, por un lado el sonido de los ayllus (Jula julas) Este aerófono de caña de grandes dimensiones representa la voz colectiva de las comunidades rurales que descienden de la puna y los valles. Al ejecutarse de manera grupal y comunitaria, establece un vínculo directo con las fuerzas de la naturaleza y una memoria histórica de resistencia prehispánica y colonial. Evoca el legado de un pueblo que actuó como aliado del incario y que, siglos más tarde, combatió al dominio español bajo el liderazgo de Túpac Katari. El contraste se genera con el sonido urbano (Charangos) los sectores urbanos de Macha incorporan el charango en sus conjuntos de cuerdas. Esta instrumentación introduce una sonoridad mestiza y criolla, trazando una frontera acústica y social explícita entre el espacio urbano y el ámbito rural.
La corporalidad regida por el pulso acústico. En el Tinku, la música opera como un dispositivo de regulación corporal. No se trata de un fondo estático, sino de un estímulo que orienta las acciones físicas de los participantes a través de momentos acústicos bien diferenciados, todo inicia con el trote de aproximación (La preparación del cuerpo)En los días previos al 4 de mayo, los senderos que conducen a Macha se sincronizan con el pulso constante de las jula julas. Este ritmo marcial funciona como una guía temporal para la marcha, facilitando que las comunidades soporten el desgaste de las largas caminatas. Esta actividad inicial cohesiona al grupo y lo prepara psicológicamente para el encuentro. Al llegar al pueblo la sacralización del espacio y el silencio ritual al ingresar a la plaza principal transforma la dinámica sonora. Las agrupaciones saludan acústicamente al Mallku torre (el campanario que es representación de lo masculino) mediante sus soplos, preparando el entorno antes del sonido de las campanas de la iglesia que también transforma el paisaje sonoro y determina un espacio religioso donde lo andino se amalgama con lo occidental. Durante la celebración litúrgica, los instrumentos callan en el exterior y el templo es dominado por el canto en quechua; una atmósfera de tensa calma que precede a los encuentros.
En tanto la irrupción de la violencia mediante los zapateos muestra un ritual que evoca lo telúrico y al mismo tiempo el combate. Tras el cierre del templo y el resguardo de la deidad, el paisaje sonoro se satura y se vuelve agresivo. El pulso de las jula julas se acelera hacia un compás de wayño combativo, mientras las agrupaciones avanzan con rapidez por las calles para imponer su presencia auditiva. En ese sentido el zapateo vigoroso hace vibrar el suelo, cargándose de un profundo sentido mítico. Simbólicamente, esta acción evoca a la deidad telúrica asociada al Cerro Rico de Potosí (cuyo nombre original alude a "lo que estalla"). Siguiendo a Teresa Gisbert y al cronista Bartolomé Arzáns de Orzúa y Vela, este cerro sagrado albergaba a una divinidad vinculada a los movimientos telúricos, identificada en épocas pre coloniales con la deidad Pachacámac. Así, el zapateo conecta simbólicamente con esta fuerza bélica y de la naturaleza evidenciando que el indígena no solo representa su creencias archivadas desde tiempos pre coloniales en el Cuerpo sino que los ejecuta en su danza misma, un claro ejemplo de que el entorno moldea al poblador y se hace cuerpo en él.
El manejo del espacio rige en cuanto al enfrentamiento dado en los puntos de encuentro que se dan con intensidad acústica la misma que se incrementa con golpes en el pecho, jadeos rítmicos e interjecciones de provocación que incitan al enfrentamiento directo. Rodríguez, Lidia (2023) menciona que al trasladarse el conflicto a las orillas del río Macha, el orden musical desaparece por completo: el viento y el agua se mezclan únicamente con el silbido de las huaracas (hondas), el impacto de las piedras y los gritos de la batalla.
Es así como desde el aspecto bélico se da la transición hacia la armonía y el cortejo, la reconciliación comunitaria es guiada nuevamente por el sonido sagrado de la iglesia, erigida sobre el antiguo espacio de culto indígena. Las campanas de la tarde pautan el cese de las hostilidades y convocan a la pacificación. Al caer la noche, el paisaje sonoro experimenta una mutación radical pues la agresividad de la jornada es reemplazada por melodías suaves y románticas. Los mismos participantes que horas antes emitían gritos de combate ahora entonan cantos de cortejo en un tono íntimo, propiciando el encuentro cara a cara entre los jóvenes y facilitando la creación de nuevas alianzas familiares a través del matrimonio.
Desde el análisis antropológico del paisaje sonoro que en este breve artículo postulamos es necesario puntualizar que el sonido como tecnología de cohesión social y el estudio de la ecología acústica del Tinku demuestra que el sonido no es pasivo; constituye el andamiaje ritual que permite canalizar las tensiones y resolver el conflicto en alianza, garantizando la continuidad de la comunidad. Mediante el control del ritmo, los instrumentos y el volumen, la población quechua de Macha utiliza el sonido como una sofisticada herramienta cultural para transformar la confrontación física en ofrenda, el caos en orden, y la violencia en reciprocidad social.
Fotos: A sus repectivos autores.


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